El melocotón y la amistad

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Ayer, comiendo un melocotón me acordé de un par de niñas, mi mejor amiga y yo. Recordé cuando nos comíamos los melocotones ella y yo, no sé porqué o más bien no lo recuerdo, le encantaba romper el hueso del melocotón y comerse el interior, suena raro, pero así es. La parte interior era una semillita en forma de almendra, ella la saboreaba tanto, que yo no podía más que hacer lo mismo y compartir su entusiasmo, lo que nunca supo es que yo odiaba el sabor.

Hoy, después de casi 20 años, Dios mío, sí, 20 años!!, lo recuerdo, así como también he recordado el valor de la amistad, esa amistad que con los años no hace más que fortalecerse. Ella, mi mejor amiga, la hermana que mi madre no me dio, pero que Dios puso en mi camino para llenar ese hueco. Ella, tan diferente y a la vez tan parecida a mí, ella que es la persona con la que puedo hablar, comer, reír interminablemente, ella que pase lo que pase será mi mejor amiga. Para mí, la amistad verdadera es esa que existe entre ella y yo.

Crecimos juntas, jugamos a las muñecas, comimos gran cantidad de dulces, chile, frutas robadas de los árboles de los vecinos, incluso, gracias a las semillas de algunas frutas, plantamos árboles. Somos de algunos gustos diferentes, a ella le gusta la música de banda y a mí el rock.

Cuando nos vemos no importa que hayan pasado meses, incluso años sin vernos, hablamos como si hubiéramos comido juntas un día anterior. Eso es una sensación tan bonita, sin silencios incómodos buscando de qué hablar, no hay necesidad de eso, porque ella más que mi mejor amiga es mi única hermana y hoy la recuerdo como todos los días.

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