A muchas personas les gusta hacer responsable a los demás de sus resultados, de sus situaciones, de su humor, vamos, ¡de todo!.

Y sí, reconozco que hay personas que ayudan a que nos sintamos alegres u otras que ayudan también a que nos enojemos, pero en realidad el poder lo brindamos nosotros, no es que esas personas lo tengan. Uno decide, hasta qué punto, alguien puede influir en sus emociones, en nuestro estado de ánimo, si nos clavamos en dejarle todo ese poder a las personas (sea una o muchas) estamos en serio peligro, ¿por qué?, sencillo, nos volvemos esclavos de lo que digan, hagan, piensen e incluso de lo que creámos que piensen esas personas, ¡que díficil! ¿no?

No hay que dejar ese poder en otros, ese poder solo debe permanecer en nosotros, en la medida de lo posible. Es verdad que hay situaciones que nos sobrepasan, y que aunque lo intentemos con todo nuestro ser la consecuencia de la acción de otros nos afectará, y es normal, hay cosas con las que sencillamente no podemos, o al menos no podemos al principio, después todo se va acomodando en su respectivo lugar.

Así que, poco a poco, liberémonos de las cadenas de las acciones de los otros, y empecemos a decidir qué nos afecta, tanto positivamente como negativamente, en nuestra vida, en nuestros humores y ¡en todo!. Es díficil, lo sé, pero en la medida en que lo podamos hacer, nuestra vida irá mejor, creánme.

 

 

 

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